miércoles, 17 de agosto de 2011

LOS NUEVOS ADICTOS QUE NOS RODEAN

¿Recuerdas el placer de hablar frente a frente?

Algunos restaurantes europeos, les retienen a los clientes sus teléfonos celulares al entrar. Se trata de una corriente que busca recobrar el placer de comer, beber y conversar sin que los celulares interrumpan, ni los comensales den vueltas como gatos entre las mesas mientras hablan a los gritos.

«Gracias» al celular, la conversación se está convirtiendo en un esbozo telegráfico que no llega a ningún lado. El teléfono se ha convertido en un verdadero intruso. Cada vez es peor. Antes, la gente solía buscar un rincón para hablar. Ahora se ha perdido el pudor. Todo el mundo grita por su móvil, desde el lugar mismo en que se encuentra.

La batalla, por ejemplo, contra los conductores que manejan con una mano, mientras la otra, además de sus ojos y su cerebro se concentran en poner SMS, parece perdida. Aunque la gente piensa que puede hablar o escribir al tiempo que se conduce, hay que estar en un trancón causado por un adicto al teléfono para darse cuenta de que no es así.

No niego las virtudes de la comunicación por celular. La velocidad, el don de la ubicuidad que produce y, por supuesto, la integración que ha propiciado para muchos sectores antes al margen de la telefonía. Pero me preocupa que mientras más nos comunicamos en la distancia, menos nos hablamos cuando estamos cerca.

-Quieres conocer tu bebe?
-Espera, primero reviso mis mensajes
Me impresiona la dependencia que tenemos del teléfono. Preferimos perder la cédula que el móvil, pues con frecuencia, la sim-card funciona más que nuestra propia memoria.
El celular más que un instrumento, parece una extensión del cuerpo, y casi nadie puede resistir la sensación de abandono y soledad cuando pasan las horas y este no suena.
Por eso quizás algunos nunca lo apagan. ¡Ni en cine! He visto a más de uno contestar en voz baja para decir: «Estoy en cine, ahora te llamo». Es algo que por más que intento, no puedo entender. También puedo percibir la sensación de desamparo que se produce en muchas personas cuando las azafatas dicen en el avión que está a punto de despegar que es hora de apagar los celulares. También he sido testigo de la inquietud que se desata cuando suena uno de los ring tones más populares y todos en acto reflejo nos llevamos la mano al bolsillo o la cartera, buscando el propio aparato.

Enajenados y autistas. 
Así he visto a muchos de mis colegas, absortos en el chat. La escena suele repetirse: El celular en el escritorio. Un pitico que anuncia la llegada de un mensaje, y el personaje que tengo en frente se lanza sobre el teléfono. Casi nunca pueden abstenerse de contestar de inmediato. Lo veo teclear un rato, y sonreír; luego mirarme y decir: «¿En qué íbamos?». Pero ya la conversación se ha ido al traste. No conozco a nadie que tenga celular y no sea adicto a él.

Alguien me decía que antes, al levantarse por las mañanas, su primer instinto era tomarse un buen café. Ahora, su primer acto cotidiano es tomar su aparato y responder al instante todos sus mensajes. 
Es la tiranía de lo instantáneo, de lo simultáneo, de lo disperso, de la sobredosis de información y de la conexión con un mundo virtual que terminará acabando con el otrora delicioso placer de conversar con el otro, frente a frente.
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